Inteligencia Artificial
13 de abril de 2026
Los desafíos del uso de la IA en la enseñanza superior
El MEC propone directrices para alinear el uso de la tecnología con los principios pedagógicos, éticos y sociales que orientan la educación brasileña

La creciente incorporación de la inteligencia artificial en los procesos educativos ha producido tensiones relevantes, especialmente en lo que se refiere a la superficialidad del aprendizaje y a la reducción del esfuerzo cognitivo en actividades complejas. Según Kasneci et al. (2023), aunque los sistemas basados en modelos de lenguaje amplían el acceso a la información y apoyan actividades educativas, su uso indiscriminado puede comprometer procesos cognitivos esenciales, como la elaboración crítica y la construcción activa del conocimiento. Como se discutió en mi columna anterior (IA y formación profesional), aunque la tecnología amplía el acceso a la información y aumenta la eficiencia en la ejecución de tareas, se observa un desplazamiento progresivo del papel del estudiante, que pasa de la construcción activa del conocimiento a la supervisión de respuestas automatizadas.
Bender et al. (2021) afirman que los sistemas de lenguaje basados en IA tienden a producir respuestas plausibles sin compromiso con la comprensión o la veracidad, lo que puede inducir a un uso acrítico y reforzar la dependencia en relación con las salidas automatizadas, con potenciales impactos sobre el desarrollo del pensamiento crítico y de la autonomía intelectual. En este contexto, la reciente publicación del “Referencial para el Desarrollo y Uso Responsable de Inteligencia Artificial en la Educación (Brasil, 2026)”, elaborada por el Ministerio de Educación, se inserta como respuesta institucional a estas transformaciones, al reconocer tanto las oportunidades como los riesgos asociados a la adopción acelerada de la tecnología y al proponer directrices que buscan alinear su uso a los principios pedagógicos, éticos y sociales que orientan la educación brasileña. Se vuelve, por lo tanto, fundamental examinar el documento de forma crítica y profunda, a fin de comprender no solo sus recomendaciones formales, sino también sus implicaciones efectivas sobre prácticas pedagógicas, procesos evaluativos y la formación de estudiantes en un escenario mediado por inteligencia artificial.
Educación superior
El texto de esta columna se centra en la educación superior, donde la presencia de la inteligencia artificial impone revisiones más profundas sobre enseñanza, aprendizaje e investigación. El Marco explícito que las instituciones deben promover reorientaciones curriculares orientadas al desarrollo de competencias de orden superior, como pensamiento crítico, creatividad y resolución de problemas inéditos, al mismo tiempo que exige la revisión de prácticas evaluativas, dada la facilidad de producción automatizada de respuestas. Desde el punto de vista regulatorio, el documento establece la necesidad de estructuras institucionales de gobernanza, con definición clara de políticas para el uso de IA, mecanismos de supervisión humana efectiva y evaluación continua de los impactos de los sistemas adoptados. También enfatiza la transparencia y explicabilidad, la protección de datos y la privacidad, la prevención de sesgos algorítmicos, la garantía de integridad académica y el enfrentamiento de desigualdades de acceso. En este contexto, la adopción de la IA en la educación superior se trata no como una cuestión meramente tecnológica, sino como decisión pedagógica, ética e institucional, que debe permanecer subordinada al proyecto formativo y al papel central de la docencia.
Plan pedagógico
En el plan pedagógico, los desafíos se vuelven aún más evidentes, en la medida en que la presencia de la IA tensa los fundamentos tradicionales del proceso de enseñanza y aprendizaje. La disponibilidad de respuestas automatizadas y la facilidad de generación de contenidos ponen en riesgo la centralidad del esfuerzo cognitivo, favoreciendo la externalización de etapas esenciales, como el análisis, la síntesis y la construcción argumentativa. Firth et al. (2019) demuestran que la creciente dependencia de los sistemas digitales para el acceso y procesamiento de información puede reducir el compromiso en procesos cognitivos más profundos, reforzando dinámicas de externalización del pensamiento.
En este escenario, se hace necesaria la revisión de prácticas evaluativas históricamente basadas en la reproducción de contenido. Según lo discutido por Bearman et al. (2022), la creciente presencia de herramientas basadas en inteligencia artificial desafía los modelos tradicionales de evaluación en la educación superior, exigiendo la adopción de estrategias que privilegien la autoría, el pensamiento crítico y la aplicación del conocimiento en detrimento de la simple reproducción de respuestas. Paralelamente, se impone la necesidad de desarrollar competencias de orden superior, como pensamiento crítico, creatividad y resolución de problemas complejos, asegurando que la inteligencia artificial sea utilizada como herramienta de apoyo y no como sustituto del proceso formativo.
Plan docente e institucional
En el plan docente e institucional, los desafíos se centran en la necesidad de reconfiguración del papel del profesor y de las estructuras académicas ante la incorporación de la inteligencia artificial. El Referencial enfatiza la centralidad de la docencia como elemento insustituible. En consonancia, la Unesco (2023) destaca que los sistemas de IA deben actuar como soporte a las prácticas pedagógicas, sin sustituir el papel del profesor, que permanece responsable de la mediación crítica, la orientación ética y la conducción del proceso de aprendizaje.
En este contexto, se vuelve indispensable invertir en la formación inicial y continua para el uso pedagógico de la IA, así como promover reestructuraciones curriculares que integren la tecnología de forma intencional y alineada a los objetivos formativos. Además, las instituciones de enseñanza superior están llamadas a establecer directrices claras para el uso de la IA en actividades académicas, garantizando coherencia entre prácticas pedagógicas, criterios de evaluación y principios institucionales, de modo a evitar el uso indiscriminado o desalineado con el proyecto educativo.
Plan regulatorio
En el plano regulatorio y de gobernanza, los desafíos se centran en la construcción de estructuras institucionales capaces de orientar el uso de la inteligencia artificial de forma responsable, transparente y alineada al interés público. El Marco destaca la necesidad de políticas claras que involucren protección de datos, garantía de privacidad, mitigación de sesgos algorítmicos y exigencia de explicabilidad de los sistemas adoptados. En consonancia con estas directrices, la Unesco (2023) enfatiza que la adopción de inteligencia artificial en la educación debe estar orientada por principios de transparencia, supervisión humana y responsabilidad institucional, asegurando que las decisiones educacionales permanezcan bajo el control de agentes humanos cualificados.
En la educación superior, esto se traduce en la creación de mecanismos de supervisión continua, evaluación del impacto de las tecnologías utilizadas y definición de criterios para su adopción. A este escenario se suma la preocupación por la integridad académica, especialmente ante los riesgos de plagio y autoría automatizada, así como por las desigualdades de acceso a la infraestructura digital, que pueden ampliar asimetrías ya existentes. De esta forma, la gobernanza de la IA deja de ser un aspecto accesorio y pasa a constituir un elemento central en la regulación de las prácticas educativas mediadas por tecnología.
Ante este conjunto de desafíos, se hace evidente que la incorporación de la inteligencia artificial en la enseñanza superior no puede ser tratada como una simple actualización tecnológica, sino como un proceso de reconfiguración estructural del propio modelo educativo. Las directrices presentadas por el Referencial indican que la centralidad del proceso formativo debe ser preservada, exigiendo que la adopción de sistemas de IA esté subordinada a criterios pedagógicos, éticos e institucionales claramente definidos. En este contexto, la tecnología deja de ser un fin en sí misma y pasa a ser comprendida como un instrumento cuya legitimidad depende de su capacidad para sustentar procesos de aprendizaje profundo y desarrollo intelectual consistente.
Así, el principal desafío no reside en la presencia de la inteligencia artificial, sino en la forma en que se integra en los procesos educativos. El riesgo de superficialidad, dependencia y fragilización cognitiva no es inherente a la tecnología, sino a su uso desarticulado de una intencionalidad pedagógica consistente. En este sentido, la incorporación de la IA en la educación superior exige no solo la adopción de herramientas, sino la construcción deliberada de entornos formativos que preserven la complejidad del pensamiento, la autoría intelectual y la capacidad de afrontar problemas inéditos. La consolidación de prácticas responsables depende, por lo tanto, de la articulación entre formación docente, revisión curricular, políticas institucionales y mecanismos de gobernanza, de modo que la inteligencia artificial actúe como amplificadora, y no como sustituta, de las competencias humanas esenciales.
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Quién publicó esta columna
Maurício Acconcia Dias








