Innovación
14 de septiembre de 2026
No solo leemos palabras
Como nuevos códigos, tecnologías y formas de comunicación amplían aquello que necesitamos aprender a interpretar

Ser alfabetizado suele entenderse inicialmente como: reconocer letras, formar palabras, comprender frases y producir textos. Durante mucho tiempo, fue principalmente a partir de este dominio que definimos lo que significaba saber leer y, en consecuencia, participar de diferentes espacios de la sociedad.
Pero, ante la complejidad contemporánea, una parte creciente de la comunicación ya no ocurre solo a través de textos. Imágenes, interfaces, plataformas, datos, sonidos, gestos e interacciones también portan significados e influyen en la forma en que interpretamos lo que sucede a nuestro alrededor. Quizás, entonces, valga la pena volver a la pregunta más básica de todas: ¿qué significa, después de todo, saber leer el mundo?
La escritura ocupa un lugar central en la historia de la cultura humana. Su importancia es tal que, en una periodización histórica convencional, su invención suele utilizarse como hito para separar la llamada Prehistoria de la Historia. Más que registrar ideas, la escritura permitió que la información y el conocimiento circularan más allá de la presencia física de quienes los produjeron. Al crear códigos compartidos, como el propio alfabeto, se hizo posible comunicar algo a personas distantes en el espacio y en el tiempo.
Vilém Flusser, filósofo checo-brasileño, dedicó gran parte de su obra a reflexionar sobre la comunicación y los códigos que utilizamos para dar sentido al mundo. En “El mundo codificado”, llama la atención sobre el papel de estos sistemas en la experiencia humana. Un código puede entenderse como un conjunto de señales y reglas compartidas que permite producir e interpretar significados. La escritura es uno de estos sistemas, pero los números, las imágenes, los colores, los símbolos y los gestos también pueden componer formas de comunicación. Es a través de estos códigos que registramos ideas, compartimos información e interpretamos lo que sucede a nuestro alrededor.
Abecedarios
Entre las diferentes formas de escritura, los alfabetos adquirieron una enorme importancia histórica al representar los sonidos del lenguaje mediante señales visuales organizadas en secuencia. Esto posibilitó registrar, preservar y transmitir información de forma duradera y a gran escala. Para Flusser, sin embargo, la influencia del alfabeto va más allá del registro: la estructura lineal de la escritura, recorrida de principio a fin, también participa en la forma en que organizamos argumentos, establecemos relaciones de causa y efecto y construimos narrativas sobre el mundo.
Comprender las letras y dominar la escritura, aquello que asociamos a la alfabetización tradicional, fue y sigue siendo fundamental. Pero la vida en sociedad nunca ha dependido solo de códigos alfabéticos o alfanuméricos. A medida que surgen nuevas tecnologías, lenguajes y formas de comunicación, también se amplía aquello que necesitamos saber interpretar para participar en el mundo que nos rodea.
En el entorno digital, diferentes formatos de medios, plataformas y algoritmos han pasado a mediar la forma en que nos informamos, comunicamos y tomamos decisiones, a menudo sin que comprendamos completamente los mecanismos detrás de lo que vemos.
Como ya he discutido en otras columnas, el alfabetismo digital se ha convertido en una condición cada vez más importante para el ejercicio de la ciudadanía. Incluso formas de comunicación aparentemente triviales, como los memes, han llegado a portar repertorios, referencias y significados propios.
Diferentes alfabetizaciones se suman y amplían nuestra capacidad de interpretar el mundo. Comprender un código, sin embargo, va más allá de saber operar una herramienta que lo utiliza. Podemos leer un texto sin entender el gráfico que lo acompaña, navegar por una plataforma sin darnos cuenta de cómo nuestras elecciones influyen en nuestro comportamiento o utilizar un modelo de IA sin poder evaluar cómo se produjo una respuesta.
Gran parte de estas tecnologías, de hecho, está diseñada para parecer simple. Las empresas invierten en diseño precisamente para reducir la complejidad de la experiencia de uso y hacer las interfaces más intuitivas. Cuanto más simple es operar un sistema, menos evidente puede volverse todo aquello que necesitamos comprender para utilizarlo de forma crítica.
Sin embargo, es fundamental comprender la diferencia entre alfabetización y letramiento. En Brasil, esta discusión cobró fuerza a partir de la década de 1980, teniendo a Magda Soares como una de sus principales referencias.
Alfabetizar está ligado a la apropiación del sistema de escritura; la alfabetización funcional implica saber participar en las prácticas sociales construidas por medio de la lectura y la escritura. Son procesos diferentes, pero interdependientes: aprendemos el código al mismo tiempo que aprendemos a utilizarlo en los contextos en los que adquiere significado. Dominar este sistema es fundamental, pero no suficiente. También es necesario saber interpretarlo y actuar a través de él.
Con el tiempo, el concepto de alfabetización se amplió a otros sistemas, prácticas y formas de comunicación. Cada época exige nuevas alfabetizaciones, porque cada contexto histórico produce códigos que también necesitan ser comprendidos e interpretados.
En 1996, investigadores reunidos en el Grupo de New London presentaron el concepto de multiliteracies, o multiletramentos, para responder a cambios que ya transformaban la comunicación. Por un lado, crecía la diversidad cultural y lingüística de las sociedades; por otro, se multiplicaban los medios y las formas en que las personas producían e interpretaban significados.
El concepto, por lo tanto, no se limita a una lista de nuevas competencias. Reconoce que la lectura y la comunicación ocurren a través de diferentes lenguajes y dentro de diferentes contextos culturales. Después de todo, no solo leemos palabras.
Comprender un mensaje, por lo tanto, exige más que identificar cada elemento de forma aislada. El sentido también se construye en la relación entre ellos, en el contexto en que aparecen y en el repertorio de quien interpreta. Espacios físicos o virtuales, diferentes medios o gestos pueden comunicar sin depender de palabras. Y quien lee no recibe este significado de forma pasiva: asocia referencias, interpreta señales y reconstruye el mensaje a partir de la propia experiencia.
Esta ampliación comienza por la capacidad de decodificar un sistema, pero no termina en ella. Reconocer las señales es solo el primer paso. También necesitamos interpretar sus significados, comprender los contextos en los que se utilizan, evaluar críticamente aquello que producen y, a partir de ello, crear, participar y transformar.
Esta ampliación también aparece en la forma en que la Unesco trata el alfabetismo hoy en día. La lectura y la escritura siguen siendo capacidades fundamentales, pero ya no dan abasto para una sociedad cada vez más digital y intensiva en información.
Por ello, la organización también destaca alfabetizaciones como la digital, la mediática e informacional, la de datos y la de inteligencia artificial. A pesar de las diferencias entre ellas, todas van más allá del uso técnico: implican acceder e interpretar información, comprender cómo fue producida, evaluar su fiabilidad, reconocer sesgos e intereses y actuar de manera crítica y responsable.
Estos alfabetismos tampoco funcionan de forma aislada. Podemos pensarlos como lentes que, cuando se superponen, ayudan a ampliar nuestra visión del mundo. Cada uno ofrece herramientas diferentes para interpretar aquello que nos rodea y, juntas, permiten una lectura más completa de los sistemas de los que participamos. A medida que nuevas tecnologías pasan a mediar nuestra relación con la información, el conocimiento y la decisión, también se amplía aquello que necesitamos saber interpretar, evaluar y comprender.
Pero ampliar no significa sustituir. Tampoco tiene sentido organizar las alfabetizaciones en una jerarquía simple, como si algunas fueran siempre más importantes que otras. Hay alfabetizaciones que se vuelven especialmente relevantes ante las transformaciones de cada época, mientras que otras ofrecen bases para que puedan desarrollarse nuevas capacidades. Se acumulan como parte de una curva de aprendizaje: aquello que ya sabemos leer, interpretar y cuestionar ayuda a construir repertorio para comprender sistemas más recientes. Los nuevos códigos, por lo tanto, no borran los anteriores; suman nuevas capas a aquello que ya aprendimos a usar para comprender el mundo.
El desafío contemporáneo quizás radique también en la velocidad con la que estas capas se acumulan. Interpretamos, al mismo tiempo, diferentes lenguajes y sistemas y, cuanto más coexisten, mayor es el repertorio (y esfuerzo) necesario para transitar entre ellos. Sin embargo, esta adaptación no ocurre de la misma manera para todos. Alan Kay, científico de la computación, sintetiza bien esta diferencia: “la tecnología es todo aquello que no existía cuando naciste”.
Lo que para una generación surge como novedad y exige adaptación, para otra puede formar parte del entorno desde el principio. Esto no significa que las personas más jóvenes ya nazcan alfabetizadas en estos sistemas. Crecer rodeado de ciertas tecnologías puede hacer que su uso sea más familiar y reducir la extrañeza ante nuevos códigos. Pero la familiaridad no es lo mismo que la comprensión. Convivir desde temprano con estos sistemas no elimina la necesidad de aprender a interpretarlos, cuestionarlos y utilizarlos de forma crítica.

Pensar en estos nuevos alfabetismos también revela un privilegio: el de ya tener acceso a bases que gran parte de la población aún no posee. Ampliar la alfabetización y garantizar el dominio de la lectura y la escritura continúan siendo tareas fundamentales. Al mismo tiempo, estas capacidades, por sí solas, ya no bastan para comprender todos los sistemas que participan de nuestra experiencia. Cada transformación social añade nuevos lenguajes, tecnologías y formas de producir sentido y, con ellas, algo nuevo que también necesitamos aprender a leer.
Si los códigos, las tecnologías y las prácticas siguen cambiando, tampoco existe un conjunto definitivo de habilidades capaz de poner fin a este aprendizaje. Más que acumular una lista creciente de alfabetizaciones, el desafío es mantener la capacidad de ampliar nuestro repertorio ante nuevos sistemas de significado.
Aprender a leer, en este sentido, deja de ser solo una etapa de la formación y pasa a ser una práctica continua de comprender lo que, en cada nuevo contexto, también necesita ser leído. Una competencia esencial para codificar, decodificar e interpretar el mundo en transformación.
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Quién publicó esta columna
Lucas Tangi








