Tecnología
31 de julio de 2026
El mundo a través de una lente sistémica
Desde el software hasta las relaciones sociales, cómo analizar sistemas ayuda a comprender problemas complejos

La palabra “sistema” forma parte de nuestro vocabulario y aparece con frecuencia en servicios y actividades ligados a la tecnología. La asociación es comprensible: sistemas digitales están presentes en el trabajo, los estudios, las compras, la comunicación, el desplazamiento y el entretenimiento. Muchas veces, solo nos damos cuenta de lo mucho que forman parte de la rutina cuando uno de ellos deja de funcionar. Pero la palabra es muy anterior a las computadoras.
“Sistema” viene del latín systema, derivado del griego sýstēma, que ya cargaba la idea de elementos reunidos y organizados. Antes de ser asociado a softwares, el término ya se refería a partes que, al relacionarse, forman una unidad. Un sistema, por lo tanto, no es solo un conjunto de cosas, sino aquello que surge de las relaciones entre ellas.
Es fácil entender por qué la tecnología adoptó esta palabra. Una computadora depende de la integración entre componentes físicos y digitales. Cada parte tiene funciones específicas, pero es la relación entre ellas la que permite al conjunto funcionar y cumplir su propósito.
Pero la relación principal de los sistemas con la tecnología no proviene solo de esta analogía. En la primera mitad del siglo XX, la expresión systems engineering comenzó a consolidarse en los Bell Telephone Laboratories para describir proyectos tecnológicos formados por diferentes componentes, interfaces y especialidades. La ingeniería de sistemas surgió de la necesidad de integrar estas partes y acompañar el conjunto desde la definición del problema hasta su operación, incluso antes de la expansión de las computadoras digitales.
A pesar de la proximidad con la tecnología, la Teoría General de Sistemas nació en la biología. Todavía en la primera mitad del siglo XX, Ludwig von Bertalanffy cuestionaba explicaciones que trataban a los organismos vivos como simples conjuntos de partes independientes. Conocer cada componente no era suficiente para entender cómo un organismo se mantenía vivo. Era necesario observar cómo esas partes se organizaban, se influenciaban mutuamente y realizaban intercambios con el ambiente.
Para Bertalanffy, los organismos no podían ser reducidos a partes aisladas. Funcionaban a través de las relaciones entre sus partes y de los intercambios constantes con el ambiente, lo que los convertía en sistemas abiertos. Recibían materia y energía, transformaban recursos, respondían al medio y se reorganizaban continuamente. Su estabilidad no provenía de la ausencia de cambio, sino de la capacidad de cambiar sin perder su organización.
Este enfoque ayudó a consolidar la idea de que los fenómenos complejos no se comprenden solo por el análisis de sus partes, sino también por las relaciones que producen el comportamiento del conjunto. Quizás esta sea una de las características más interesantes de los sistemas: algunos de ellos permanecen precisamente porque están en transformación.
Elementos de un sistema
Para comprender un sistema, no basta con identificar las partes que lo componen. También es necesario observar sus relaciones, reglas, flujos, propósito, límites e intercambios con el entorno. Estos aspectos ayudan a explicar cómo funciona el conjunto y por qué, a veces, deja de funcionar.
Una bicicleta desmontada sigue conteniendo ruedas, manillar, pedales, cadena y todas las demás piezas. Aun así, pierde la capacidad de transportar a alguien. El movimiento no pertenece a un componente aislado. Surge de la forma en que las piezas se organizan y funcionan en conjunto. Esta capacidad, presente en el conjunto, pero no en las partes separadas, se llama propiedad emergente. No es un elemento del sistema, sino un resultado de su organización.
Por eso, identificar las partes es solo el primer paso. También es necesario observar las relaciones entre ellas. En la bicicleta, los pedales mueven la cadena, que transfiere fuerza a la rueda. Una alteración en cualquier parte puede afectar a las demás e impedir que el conjunto produzca el resultado esperado.
Otro aspecto es el propósito, es decir, el resultado que orienta la organización del sistema. En la bicicleta, las piezas se reúnen para permitir el desplazamiento. Propósito y propiedad emergente, sin embargo, no son lo mismo. El propósito representa aquello que se espera del sistema. La propiedad emergente surge de las relaciones entre sus partes y puede generar resultados planificados o inesperados.
Los sistemas también poseen flujos. Las relaciones muestran cómo se conectan las partes, mientras que los flujos indican lo que circula entre ellas. En la bicicleta, el esfuerzo del ciclista se transmite por el sistema hasta convertirse en desplazamiento. En otros sistemas, pueden circular información, recursos, materiales, decisiones o personas. Cuando estos flujos se interrumpen, concentran o retrasan, el comportamiento del conjunto se altera.
Otros aspectos importantes son las reglas, los límites, los intercambios con el ambiente y los ciclos de retroalimentación. Las reglas condicionan el funcionamiento de las partes. Los límites definen lo que será considerado parte del sistema. Los intercambios muestran cómo este recibe influencias externas y modifica el ambiente. Los ciclos de retroalimentación ocurren cuando los efectos de una acción retornan al sistema e influyen en sus movimientos siguientes. La bicicleta se usa en el libro de historietas “The Cartoon Guide to System Dynamics”, del profesor João Arantes, para explicar conceptos de la dinámica de sistemas de forma visual y accesible.

Comprender un sistema, por lo tanto, no es solo enumerar sus partes. Es observar cómo se relacionan, qué circula entre ellas, qué propósito guía su organización, qué reglas condicionan su funcionamiento y qué comportamientos surgen del conjunto. Las partes importan, pero es la estructura entre ellas lo que ayuda a explicar el sistema.
Ajuste conceptual importante: **el resultado no necesita aparecer como elemento del sistema**. Es consecuencia de su funcionamiento. Los elementos centrales que faltaban en el desarrollo eran reglas, ambiente e intercambios con el ambiente. Existencias y retrasos también son importantes en la dinámica de sistemas, pero pueden quedar para una explicación más profunda.
Interacciones, causas y consecuencias
En la bicicleta, la relación entre causa y consecuencia parece directa: el ciclista pedalea y la bicicleta avanza. La acción produce un resultado cercano, visible y casi inmediato. No todos los sistemas responden así. En sistemas complejos, una consecuencia puede aparecer mucho después de la acción inicial, resultar de varias causas, ser reforzada por otras interacciones o regresar al punto de partida. También es posible que dos acontecimientos estén relacionados sin que uno sea, necesariamente, la causa del otro.

En la ilustración, un hombre acaba de empujar una de las grandes piezas de la secuencia sin darse cuenta de que también ocupa el camino del movimiento que inició. Para quien observa la escena, la consecuencia parece evidente. Para el personaje, sin embargo, la acción pudo haber parecido pequeña y localizada. El efecto solo regresa después de recorrer toda la estructura.
A lo largo de la vida, aprendemos a reconocer relaciones directas entre acciones y resultados. En sistemas complejos, como la sociedad, esta relación es menos evidente. Las personas interpretan reglas, responden a incentivos, cambian de comportamiento e influyen unas a otras. Por ello, una decisión puede producir efectos indirectos, tardíos y diferentes de los planeados.
El sociólogo alemán Niklas Luhmann llevó la teoría de los sistemas al estudio de la sociedad. En el libro “Sistemas Sociales”, publicado en 1984, defendió que la comunicación mantiene los sistemas sociales en funcionamiento. Así, la educación, la economía, el derecho y la política pueden ser comprendidos como redes de comunicación que se organizan y se transforman a lo largo del tiempo. En esta visión, la comunicación ocupa un papel central en la estructura de los sistemas sociales.
En una escala social menor, podemos observar un equipo. Puede reunir a profesionales creativos sin producir buenas ideas colectivamente. La creatividad del grupo no depende solo de las capacidades individuales, sino también de la comunicación, la confianza, la diversidad de repertorios, las relaciones de poder y la forma en que se toman las decisiones. Por ello, las relaciones entre sus integrantes pueden producir resultados diferentes de los objetivos definidos.
Pensamiento sistémico
Si los sistemas están presentes en las tecnologías, en las organizaciones y en las relaciones sociales, comprender su funcionamiento no es una competencia restringida a especialistas. Nosotros también formamos parte de los sistemas que observamos y nos vemos afectados por las reglas, decisiones y relaciones que los organizan.
Pensar sistémicamente es mirar más allá del acontecimiento inmediato. Significa investigar las relaciones que produjeron un resultado, los factores que lo reforzaron, el tiempo necesario para que sus efectos aparecieran y las consecuencias que pueden retornar al propio sistema. Esto no significa preverlo todo ni posponer decisiones hasta conocer toda la realidad. Los sistemas complejos preservan incertidumbres. El pensamiento sistémico busca cualificar el análisis antes de la acción.
El Future of Jobs Report 2025, del Foro Económico Mundial, señala que el pensamiento sistémico debe ganar relevancia hasta 2030. El informe relaciona esta demanda al avance de la inteligencia artificial, el procesamiento de datos, la robótica y los sistemas autónomos, que hacen las decisiones y las relaciones de trabajo más complejas.
Comprender los sistemas de forma holística amplía nuestra capacidad de lidiar con problemas complejos. En lugar de actuar solo sobre el síntoma más visible, permite analizar relaciones, reglas, flujos y consecuencias antes de proponer una solución.
Soy egresado de Análisis y Desarrollo de Sistemas, una de las carreras de tecnología superior con mayor presencia en Brasil. En 2023, el curso registró 285.310 matrículas, según el Censo de Educación Superior del Inep. Esta formación me ayudó a desarrollar competencias que van más allá del campo técnico. El propio nombre del curso anticipa una secuencia importante. Primero, analizar. Luego, desarrollar. Antes de crear una solución, es necesario comprender las partes que serán conectadas, las reglas que podrán ser modificadas, los comportamientos que serán estimulados y los efectos que pueden surgir más allá de la interfaz.
Esta lógica no se limita a la tecnología. Analizar antes de desarrollar también significa comprender mejor un proceso antes de reorganizarlo, un equipo antes de cambiar su estructura o una política antes de ponerla en práctica. Cuanto más automatizados e interdependientes se vuelven los entornos de trabajo, mayor es el valor de quien logra ver el conjunto, y no solo ejecutar una de sus partes.
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Quién publicó esta columna
Lucas Tangi








