Sostenibilidad
27 de febrero de 2026
El malestar necesario: IFRS S1 y S2 y la madurez ESG en Brasil
Las normas presionan a las empresas a reducir la distancia entre el discurso y la realidad, bajo la lógica del riesgo financiero

Por más de una década, la sostenibilidad corporativa en Brasil se ha construido mayoritariamente sobre bases voluntarias. Informes, compromisos públicos, adhesión a pactos globales y narrativas bien elaboradas han permitido que las empresas ocupen un espacio simbólico sin, necesariamente, internalizar el tema en sus decisiones estratégicas. Este modelo comienza a perder sustentación con la entrada en vigor de las normas IFRS S1 y IFRS S2, emitidas por el International Sustainability Standards Board (ISSB), que colocan la sostenibilidad y el clima en el centro de las decisiones financieras y de gobernanza (IFRS, 2023).
El punto de inflexión aportado por estas normas no reside únicamente en la estandarización del reporte, sino en el cambio de lógica que imponen. La sostenibilidad deja de ser un mero discurso para computarse como riesgo y oportunidad real, con impactos directos en el flujo de caja, el costo del capital, el acceso a financiación y la continuidad operativa (IFRS S1, 2023). En la práctica, cambia la forma en que la empresa mide su valor y explica ese valor al mercado.
La NIIF S1 establece requisitos generales para la divulgación de riesgos y oportunidades relacionados con la sostenibilidad que sean relevantes para la evaluación del valor de la empresa en el corto, mediano y largo plazos. Por su parte, la NIIF S2 profundiza este movimiento al centrarse específicamente en los riesgos y oportunidades asociados a los cambios climáticos, exigiendo que las organizaciones revelen gobernanza, estrategia, gestión de riesgos, métricas y metas relacionadas con el clima (NIIF S2, 2023). El elemento central es la exigencia de conexión explícita entre sostenibilidad y desempeño financiero, reduciendo el espacio para enfoques genéricos o meramente reputacionales.
Brasil
En Brasil, la adopción de estas normas ocurre en un contexto marcado por contradicciones. Por un lado, el país cuenta con empresas expuestas a mercados globales, presionadas por inversores institucionales que exigen comparabilidad, transparencia y consistencia en la información ESG. Por otro lado, Brasil aún enfrenta una madurez desigual en la integración entre las áreas financiera, de sostenibilidad, de gestión de riesgos y de estrategia. En muchas organizaciones, el tema se restringe a departamentos específicos, con poca influencia real sobre las decisiones de inversión y asignación de capital (Deloitte, 2024).
Esta tensión revela un riesgo relevante: la transformación de las IFRS S1 y S2 en un ejercicio más de compliance. Hay señales claras de que parte de las empresas brasileñas encara la adopción de las normas como un problema técnico de reporte, y no como un proceso de revisión estratégica. Esta lectura limitada ignora el principal impacto de las normas: la exigencia de que los riesgos climáticos y socioambientales sean tratados con el mismo rigor analítico aplicado a riesgos financieros tradicionales (Deloitte, 2024).
Investigaciones recientes indican que muchas empresas cotizadas en Brasil afirman estar en proceso de preparación para la adopción de normas de sostenibilidad. Sin embargo, al analizar más profundamente este movimiento, emergen fragilidades estructurales recurrentes. La primera se refiere a la calidad e integración de los datos. Falta historial confiable, trazabilidad y sistemas capaces de conectar información financiera y no financiera. La segunda está relacionada con la gobernanza: consejos de administración aún poco capacitados para discutir riesgos climáticos de forma estratégica, yendo más allá de análisis superficiales o de corto plazo. “La tercera implica transformar riesgos climáticos en números claros: cómo afectan activos, deudas y resultados en el futuro (Deloitte; IBRI, 2025).
El caso de Vale
Es en este escenario que el pionerismo de Vale cobra relevancia. Al convertirse en la primera empresa brasileña en adoptar las normas IFRS S1 y S2, la compañía inaugura un nuevo nivel de exposición y escrutinio en el mercado de capitales nacional. Más que un movimiento simbólico, la adopción implica una revisión de procesos internos, la participación directa de la alta dirección y la disposición a someter sus narrativas de sostenibilidad al mismo nivel de verificación exigido de los estados financieros tradicionales (XP ESG, 2024).
En la práctica, Vale no se limitó a emitir una comunicación puntual. Incorporó los requisitos de las IFRS S1 y S2 a sus divulgaciones oficiales al mercado, integrando riesgos climáticos y temas de sostenibilidad a la información financiera. Es decir, dejó de tratar el tema únicamente como un informe voluntario y pasó a conectarlo directamente con la lógica de riesgo y desempeño económico.
Se divulgaron informaciones sobre gobernanza climática, el papel del consejo en la supervisión de estos riesgos, el uso de escenarios climáticos en la estrategia, además de metas e indicadores de descarbonización. El punto central fue mostrar cómo los cambios climáticos pueden impactar resultados, activos y generación de caja (XP ESG, 2024).
La repercusión fue positiva. Los analistas destacaron el pionerismo de la empresa en Brasil y la alineación con las prácticas internacionales. La prensa especializada trató el movimiento como un hito para el mercado nacional. Al mismo tiempo, la decisión aumentó el nivel de exigencia sobre la compañía, ya que la conexión entre sostenibilidad y finanzas reduce el espacio para discursos desconectados de la práctica.
Sin embargo, es fundamental destacar que la adopción de las normas no representa, por sí sola, un sello de legitimidad. Por el contrario, amplía el nivel de exigencia. Las NIIF de sostenibilidad conectan pasado, presente y futuro bajo una lógica de riesgo financiero, haciendo más difícil disociar el histórico de impactos socioambientales de las proyecciones de valor de la empresa. En este sentido, funcionan menos como instrumento de marketing y más como mecanismo de accountability.
El principal valor de las IFRS S1 y S2 reside en la incomodidad que generan. Incomodidad para empresas que construyeron su reputación sobre discursos vagos; para liderazgos poco acostumbrados a lidiar con incertidumbres climáticas como variables estratégicas; y para mercados que, durante mucho tiempo, toleraron la distancia entre el informe y la realidad. Esta incomodidad, sin embargo, es productiva. Obliga a tomar decisiones, a priorizar y, sobre todo, a exponerse.
En el contexto brasileño, las normas representan una prueba de madurez institucional. Obligan a las empresas a salir del discurso y tratar el clima y la sostenibilidad como parte del negocio, elementos centrales de la competitividad y de la resiliencia empresarial. La cuestión central no es si las empresas brasileñas adoptarán las IFRS S1 y S2; eso es solo cuestión de tiempo.
En la práctica, ¿qué cambia
Si miramos de forma práctica, las normas de la IFRS Foundation tienden a producir impactos diferentes según el tamaño de la empresa, pero nadie queda totalmente fuera de esta transformación.
Para grandes y medianas empresas — especialmente aquellas que acceden a crédito estructurado, poseen inversores institucionales o integran cadenas globales —, el cambio va más allá del informe. Poco a poco, los riesgos climáticos y las cuestiones socioambientales empiezan a entrar en las discusiones financieras, influyendo en la planificación estratégica, las decisiones de inversión y el diálogo con el mercado.
La exigencia de datos más consistentes y comparables presiona por integración entre áreas, mejora de controles internos y mayor involucramiento del liderazgo. Incluso cuando la obligación regulatoria no es inmediata, la presión de bancos, fondos y clientes tiende a anticipar este movimiento (IFRS Foundation, 2023a; 2023b; Deloitte, 2024).
Ya para las pequeñas empresas, el impacto suele llegar a través de la cadena de valor. A medida que las grandes compañías pasan a medir y divulgar mejor sus riesgos y emisiones, aumentan también las demandas de información de proveedores y socios. Esto puede significar una mayor necesidad de organización de datos, formalización de procesos y adaptación a nuevos estándares de transparencia.
Al final, lo que cambia no es solo el formato de la divulgación, sino la lógica de funcionamiento del mercado. La sostenibilidad deja de ocupar un espacio predominantemente reputacional y pasa a influir, de manera creciente, en decisiones económicas concretas. El ritmo puede variar, pero la dirección es común.
La pregunta más relevante ahora es si las empresas estarán dispuestas a permitir que estas normas influyan en decisiones estratégicas difíciles, incluso cuando esto implique revisar modelos de negocio, inversiones y prioridades. La respuesta a esta pregunta no estará en los informes, sino en las elecciones que las empresas hagan en los próximos años.
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Quién publicó esta columna
Rodrigo Thomaz








