Innovación
02 de diciembre de 2025
Tecnologías habilitadoras de múltiples futuros
Cada innovación puede ser el inicio de varias trayectorias, en las que se pueden imaginar y construir nuevos escenarios

Vivimos rodeados de tecnologías, pero rara vez las percibimos como grandes innovaciones tecnológicas — incluso si en la época de su popularización lo fueron, como ocurrió con la televisión o con los smartphones. Hoy se mezclan con lo cotidiano con tanta naturalidad que ya no son vistas como innovación por las nuevas generaciones. Solo cuando surge algo realmente nuevo y reorganiza la forma en que vemos el mundo recuperamos esa sensación de novedad.
Alan Kay, uno de los padres de la computación personal, recordaba que “la tecnología solo es tecnología para quienes nacieron antes de que fuera inventada”. Para quienes llegan después, simplemente siempre ha estado ahí, como parte del escenario. Es la memoria del antes y del después —de lo que existía y de lo que pasó a existir— lo que nos permite reconocer algo como innovación tecnológica.
Adoptar o crear tecnologías dentro de las empresas abre nuevas perspectivas. No son solo herramientas, sino medios para habilitar potenciales futuros — elementos que expanden el campo de lo que es imaginable y ejecutable en nuestras estrategias. Más que intentar predecir el resultado exacto de los acontecimientos, lo que realmente importa es provocar cuestionamientos sobre lo que puede suceder cuando nuevas tecnologías surgen o se vuelven ampliamente popularizadas.
Durante décadas, las industrias operaron prácticamente de la misma manera, hasta que conceptos como la computación en la nube, el Internet de las cosas (IoT), los robots autónomos y la realidad aumentada comenzaron a incorporarse a los procesos productivos. Este movimiento impulsó el término “Industria 4.0”, presentado por primera vez en la feria de Hannover en 2011, marcando una nueva era en la que la integración tecnológica redefine los modelos de producción, logística y generación de valor.
Actualmente la literatura sobre el tema es extensa, y cada autor destaca diferentes tecnologías que habilitan este nuevo momento de la industria. Enrique Rodal Montero, por ejemplo, incluye además la impresión 3D y la propia inteligencia artificial entre los elementos estructurantes de este ecosistema tecnológico.
La Comisión Europea de Prospectiva también presenta un conjunto de tecnologías consideradas habilitadoras, destacando seis: micro y nanoelectrónica, nanotecnología, biotecnología industrial, materiales avanzados, fotónica y tecnologías avanzadas de fabricación. Según la Comisión, estas tecnologías amplían la capacidad de innovación industrial, permitiendo afrontar desafíos sociales complejos y construir economías más avanzadas y sostenibles. Fue a partir de este conjunto que surgió el acrónimo Key Enabling Technologies (KETs).
Estos ejemplos se centran en el contexto industrial, pero es posible imaginar cómo otros sectores también se ven impactados por estas —y por tantas otras— tecnologías, abriendo espacio para nuevas posibilidades y escenarios futuros. La IA generativa es un ejemplo claro de una transformación que atraviesa sectores y produce cambios profundos en el comportamiento individual y colectivo de la sociedad.
Mike Bechtel, futurista de Deloitte, propone una lente interesante para comprender el maduración de las tecnologías, dividiendo este proceso en tres fases: Tech, Toy y Tool. La fase Tech marca la etapa inicial, repleta de experimentación e incertidumbre, cuando aún probamos fiabilidad, seguridad y aplicabilidad. En la fase Toy, surge el encanto — el período en que la tecnología nos divierte, despierta curiosidad y parece más cercana al entretenimiento que a un uso práctico. Por último, llega la fase Tool, cuando la tecnología alcanza madurez, se convierte en herramienta esencial, resuelve problemas reales y mejora la vida de las personas de manera significativa.
Este ciclo puede observarse en diversas innovaciones recientes. ChatGPT, hoy la herramienta de IA más popular en Brasil, recorrió el ciclo de manera evidente. Al principio, cuando pocos entendían su potencial, permaneció restringido a la fase experimental. Luego vino el momento del encanto, cuando se convirtió en un “juguete” viral por su capacidad de generar textos e imágenes de forma creativa. Con el tiempo, pasó a ocupar un nuevo lugar: el de herramienta de trabajo, apoyo a decisiones y soporte para procesos complejos. Fue en esta etapa de comprensión y difusión —cuando dejó de ser novedad y entró de lleno en el repertorio colectivo— que empezamos a imaginar futuros en los que su presencia es prácticamente inevitable.

Conocer e interactuar con nuevas tecnologías, antes que nada, amplía nuestra capacidad de imaginación. Hoy es impensable trazar estrategias organizacionales sin considerar el impacto de las inteligencias artificiales generativas. En este sentido, las tecnologías —actuales o emergentes— pueden ser tratadas como objetos de estudio para la construcción de escenarios y estrategias de foresight. Proyectar futuros en los que estas tecnologías existan, operen e incluso sean ampliamente adoptadas ayuda a crear anticipaciones e hipótesis de acción. Cada escenario puede ser narrado como si ya estuviéramos viviendo en él, reconstruyendo el camino que nos llevó hasta ese punto. Y, cuando un futuro es imaginado, ya no puede ser simplemente desconsiderado.
Cono de futuros
En textos anteriores, presenté el concepto de futuros plurales, inspirado en el Cono de Futuros de Joseph Voros (2003), una herramienta visual que amplía nuestra percepción del tiempo y rompe con la idea de un futuro único y lineal. El cono evidencia que existe un abanico de futuros posibles — probables, preferibles, improbables e incluso indeseables. Este enfoque nos invita a abandonar visiones deterministas y a reconocer que el futuro se construye, siempre resultado de las acciones y decisiones tomadas en el presente.
Hablar sobre futuros, por lo tanto, nunca es trivial, porque solo de imaginar ya empezamos a transformarlos. Más que proyecciones abstractas, los escenarios funcionan como laboratorios imaginativos, espacios en los que probamos consecuencias, elecciones y valores. Autores como Wendy Schultz y Stuart Candy defienden que las narrativas de futuro no solo describen posibilidades, sino que también las hacen experienciables, creando un sentido colectivo y ampliando nuestra capacidad de actuar en el presente.
Estas discusiones llevan a otro aspecto fundamental: el potencial transversal de las tecnologías. No toda innovación cumple solo el papel para el que fue creada; muchas atraviesan fronteras y terminan impactando sectores inesperados. Fue lo que sucedió con la webcam, que surgió en los años 1990 a partir de una necesidad simple: investigadores de la Universidad de Cambridge querían saber si aún quedaba café en la cafetera del laboratorio. Al conectar una cámara a la red interna, crearon una solución doméstica y sin pretensiones. Más tarde, cuando la cámara se conectó a internet, se convirtió en la primera webcam transmitida en vivo al mundo — un experimento que inauguró la era de las transmisiones digitales y transformó profundamente la manera en que nos comunicamos, consumimos y nos relacionamos. Es un ejemplo simple, pero poderoso, de cómo una tecnología puede generar impactos más allá de su propósito inicial.
Moral
Este potencial transversal también puede abrir dilemas éticos y morales. La impresión de carne cultivada en laboratorio, por ejemplo, surge como una alternativa sostenible y capaz de reducir impactos ambientales. Sin embargo, esta misma tecnología también habilita la producción de carnes consideradas exóticas, como demuestran empresas como la australiana Vow, que desarrolla productos a partir de pequeñas muestras celulares de canguro, cebra e incluso cocodrilo, utilizando procesos complejos de preparación y cultivo en laboratorio. Este mercado emergente ha atraído a otras compañías, como Redefine Meat y Meatable, ampliando aún más el alcance de lo que se vuelve posible dentro de la industria alimentaria.

Ante estas posibilidades, surgen cuestiones inevitables. ¿Qué impediría a alguien intentar producir carne humana? ¿Y si una celebridad decidiera licenciar su “propia carne” para el consumo? La idea parece absurda — y precisamente por eso pensar en futuros es tan esencial. Imaginar lo que aún suena impensable es una forma de anticipar riesgos, responsabilidades e implicaciones que raramente aparecen en los debates iniciales sobre innovación. Toda tecnología lleva en sí el poder de habilitar diferentes futuros, incluso aquellos que extrapolan lo que consideramos ético o aceptable. Y, ahora que este futuro imaginado ha sido compartido, difícilmente podrá ser totalmente desconsiderado.
Quien crea tecnología necesita comprender la responsabilidad que conlleva. Cada innovación puede ser el inicio de múltiples trayectorias — algunas que nos acercan a un futuro más justo y sostenible, otras que profundizan desigualdades o fragilizan valores humanos.
Mientras las tecnologías se perfeccionan en la ejecución, nos corresponde imaginar qué haremos con esta capacidad. Hablar de tecnologías como habilitadoras de futuros es reconocer que no determinan el rumbo — solo amplían las posibilidades, creando una nueva base a partir de la cual se pueden imaginar y construir nuevos escenarios. El futuro seguirá siendo un territorio de elecciones humanas. Mucho más allá de mirar a industrias específicas o a tecnologías de forma aislada, es fundamental comprender que interactúan con el medio, influyen en sistemas enteros y moldean, de manera continua, los futuros que podemos — o no — construir.
A lo largo de la historia, tenemos innumerables ejemplos de tecnologías que abrieron paso a nuevos escenarios. Cada invención o descubrimiento crea un nuevo “piso” — un nivel a partir del cual otros futuros pueden ser imaginados y construidos. De la misma manera que habilitan posibilidades, también pueden imponer restricciones o desplazamientos en determinados mercados. Todo esto exige una mirada atenta, disposición para experimentar y apertura para explorar el potencial de las tecnologías, ya sean consolidadas o aún emergentes.
¿Qué tecnologías están habilitando los futuros que pueden transformar su mercado? Entre las ya popularizadas y las que aún despuntan, ¿qué combinaciones entre lo nuevo y lo existente tienen mayor potencial de habilitación? Y, sobre todo, ¿cuánto está atento a esto?
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Quién publicó esta columna
Lucas Tangi








