Digital
15 de julio de 2026
Comunicación en una sociedad “crónicamente en línea”
Cómo los memes, los algoritmos y los repertorios digitales están transformando la forma de hablar, interpretar y compartir el mundo

Recientemente visité la exposición MEME: en el Br@sil de la memeficación, en el Centro Cultural Banco do Brasil, en Belo Horizonte. La muestra reúne cerca de 800 artículos producidos por 200 artistas y creadores digitales, combinando formatos como videos, esculturas, cómics, ropa, instalaciones sonoras y experiencias interactivas.
Parece curioso encontrar memes ocupando las galerías de un museo. Estamos acostumbrados a consumirlos rápidamente, mientras recorremos feeds, respondemos a mensajes o intentamos seguir los temas del día. En las exposiciones, sin embargo, aquello que normalmente recibe pocos segundos de atención nos invita a detenernos.
Este cambio de ambiente revela algo que la velocidad de las redes suele ocultar: el meme no es solo un medio gracioso. Lleva lenguaje, memoria colectiva, acontecimientos públicos, comportamientos, disputas y formas de interpretar la realidad. Detrás de una frase corta o una imagen aparentemente simple, puede existir una cadena de referencias que necesita ser reconocida para que el mensaje sea comprendido.
Al observar este fenómeno, una pregunta comenzó a acompañarme: ¿estamos simplemente añadiendo nuevas expresiones al vocabulario o creando una nueva forma de lenguaje? En el espectáculo “El cielo de la lengua”, Gregório Duvivier, provoca al público con una frase que ayuda a pensar esta transformación: “Toda lengua es otra lengua hablada mal”. La frase funciona mejor como provocación poética que como explicación científica. Aun así, existe una verdad importante en este juego: la lengua no existe separada de las personas. Es modificada por el uso.
Internet
La internet no creó este proceso, pero lo hizo más visible, acelerado, participativo y medible. Hoy, podemos seguir una expresión surgiendo en una comunidad, cruzando plataformas y llegando a conversaciones presenciales en pocos días.
Además de las palabras nuevas, desarrollamos otras maneras de construir sentido. Los errores ortográficos pueden ser intencionales. Los emojis cambian de significado según el contexto e incluso la generación que los utiliza. Audios, imágenes y entonaciones funcionan como respuestas completas. No solo estamos creando términos. Estamos combinando texto, imagen, sonido y contexto para formar nuevos significados.
El término “meme” tampoco nació en las redes sociales. Richard Dawkins lo presentó en 1976, en el libro “El gen egoísta”, como una unidad de transmisión cultural. La aproximación con “gen” no debe tomarse de forma literal, pero ayuda a observar cómo ideas, hábitos, expresiones y comportamientos pueden ser transmitidos, modificados y seleccionados socialmente. La investigadora Limor Shifman actualizó esta discusión al comprender el meme no como un elemento aislado, sino como un conjunto de ítems digitales relacionados, imitados o transformados por diferentes usuarios. Diferenciando un contenido viral de un meme. Un contenido viral es muy compartido; un contenido memético genera versiones, respuestas y nuevos usos.
El meme, por lo tanto, no existe solo en la versión original. Está en la memoria necesaria para reconocer la referencia y en la capacidad de aplicarla a una situación diferente. Es en este sentido que el meme deja de ser solo un formato de contenido y pasa a funcionar como una “gramática social”.

Para comprender esta gramática, no basta con estar en línea. Es necesario participar de repertorios y reconocer códigos que cambian rápidamente. La expresión “crónicamente en línea” se hizo popular en publicaciones irónicas para describir a personas profundamente inmersas en la cultura de las plataformas digitales. No se trata de un diagnóstico médico ni de una categoría académica consolidada, tampoco de un sinónimo automático de dependencia digital.
Más que indicar tiempo frente a una pantalla, la expresión describe a personas cuyo lenguaje, humor y sociabilidad han sido moldeados por los códigos y referencias de internet. Una persona crónicamente en línea reconoce frases, audios, personajes y acontecimientos que quizás sean desconocidos fuera de las redes sociales. Utiliza estructuras de memes digitales en conversaciones presenciales, interpreta situaciones cotidianas a partir de lenguajes creados en las redes y, a veces, presume que las referencias de su repertorio son conocidas por todos.
Estas personas no solo están consumiendo el lenguaje digital. Actúan como receptoras, editoras y distribuidoras: reciben una referencia, alteran su contexto y la utilizan para comunicar otra experiencia. Muchas expresiones desaparecen después de unos días. Otras atraviesan grupos y entornos hasta que su origen sea olvidado.
Entre los ejemplos presentados en la exposición del CCBB, llama la atención el caso en que un emoji de “pulgar hacia arriba” fue interpretado, en una decisión judicial, como manifestación de acuerdo en una negociación. Un símbolo inicialmente usado para demostrar aprobación informal pasó a producir consecuencias en un contexto contractual.

El ejemplo muestra que el significado de un mensaje no depende solo del símbolo utilizado. Se construye por la relación entre contexto, intención, historial de la conversación y expectativas de los involucrados. Un mismo emoji puede significar acuerdo, ironía, impaciencia, cierre de la conversación o simple confirmación de lectura. Para algunas personas, el “pulgar hacia arriba” es cordial. Para otras, puede parecer frío, pasivo-agresivo o incluso hostil.
Algo similar sucede com palavras, imagens, áudios e expressões que atravessam diferentes grupos. Seus significados se modificam de acordo com quem usa, para quem a mensagem é dirigida e em qual ambiente ela circula. Dominar uma linguagem, portanto, não significa apenas conhecer seu vocabulário. Significa compreender as convenções culturais que orientam sua interpretação.
Esta transformación no es reciente; desde los primeros ambientes digitales, los usuarios adaptan el lenguaje a las posibilidades de las herramientas disponibles. El leet speak, originado en comunidades digitales de las décadas de 1980 y 1990, sustituía letras por números y símbolos visualmente similares.
En Brasil, el internetés desarrolló características propias con abreviaciones como “vc”, “tb”, “fds”, “blz” y “rs”. Con el tiempo, errores de escritura, ausencia de acentos, onomatopeyas, emojis y grafías alternativas pasaron a comunicar cercanía, informalidad, ironía e identidad. Con la expansión del audiovisual, más elementos pasaron a componer esta gramática.
En este entorno, la palabra deja de ser la única unidad de comunicación. Un error intencional, un emoji o una expresión pueden portar significados que dependen de experiencias compartidas.
Dominar esta gramática produz pertencimento. Compreender uma referência demonstra que acompanhamos determinado ambiente, conhecemos seus personagens e reconhecemos suas regras. Usar o meme certo, no momento certo, pode aproximar pessoas e comunicar uma experiência que exigiria uma explicação muito maior.
Pero toda pertenencia también establece una frontera. Quien no comparte el repertorio puede comprender las palabras o símbolos aisladamente y aun así no entender el mensaje. En otro texto publicado en esta columna, escribí sobre cómo la alfabetización digital va mucho más allá del dominio técnico de las herramientas. Implica saber leer el mundo digital, interpretar sus códigos, reconocer riesgos y posibilidades y actuar conscientemente en este entorno.
Comprender los nuevos lenguajes también forma parte de esta alfabetización. Esto no significa conocer todos los memes o seguir cada tendencia. Significa desarrollar condiciones para reconocer, saber diferenciar una noticia de una sátira, percibir cuándo una imagen ha sido sacada de su contexto y entender que el contenido más compartido no es necesariamente el más verdadero.
A medida que los servicios, las relaciones profesionales, las oportunidades y los debates públicos pasan a depender de “códigos” digitales, la dificultad de interpretarlos deja de ser solo una incomodidad generacional. Se convierte en una barrera de participación.
Reacciones
Existe todavía un elemento que diferencia las transformaciones actuales: nuestras reacciones son registradas continuamente. Me gusta, comentarios, compartidos, visualizaciones y tiempo de permanencia hacen visible la capacidad de un mensaje de conquistar atención. Para personas, marcas y organizaciones, saber utilizar el lenguaje de las plataformas puede generar visibilidad, reconocimiento, influencia y oportunidades. Estas interacciones son nombradas de engagement, y el engagement se ha convertido en una especie de moneda. Sin embargo, esta moneda no mide necesariamente calidad, verdad, profundidad o comprensión. Mide reacción.
En este entorno, las formas de comunicación cortas, emocionales, reconocibles y fácilmente adaptables ganan ventaja. Incluso contenidos aparentemente aleatorios o sin sentido pueden alcanzar una enorme circulación, porque despiertan curiosidad, extrañeza y el deseo de participar en la broma. Este es el caso de expresiones como “67”, repetidas como reacción o broma interna incluso sin una definición estable. Su valor reside menos en el significado literal y más en el reconocimiento: quien entiende la referencia demuestra que participa de ese repertorio.
Estos elementos no necesitan transmitir una idea clara para funcionar. Lo que parece aleatorio para quien observa desde fuera puede funcionar, dentro del grupo, como humor, identidad y contraseña de pertenencia. Y justamente por despertar extrañeza, repetición y participación, el aparente “sin sentido” también se vuelve capaz de generar compromiso.
Los algoritmos no crean nuestro lenguaje por sí solos, pero participan en la selección de lo que se verá, repetirá y transformará. Al privilegiar contenidos capaces de generar reacción, las plataformas influyen en qué formatos encuentran más condiciones para circular. Si antes la lengua cambiaba según las personas repetían determinadas formas, ahora esta repetición también está influenciada por sistemas que miden y distribuyen el engagement en tiempo real.
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Quién publicó esta columna
Lucas Tangi








