Marketing
02 de diciembre de 2025
Después del greenwashing, la era del truth marketing
COP30 e Iniciativa Global por la Integridad de la Información apuntan a una nueva lógica de comunicación

La Conferencia de las Partes (COP30), que se celebrará en noviembre de 2025 en Belém (PA), marca un punto de inflexión para Brasil, no solo por reafirmar su liderazgo en sostenibilidad global, sino también por reposicionar el debate sobre la comunicación climática. Más que un encuentro de líderes y científicos, la conferencia enfatiza el papel de la información confiable en la movilización colectiva ante la crisis climática.
Pero no es solo la diplomacia la que entra en juego. El marketing también. Y, esta vez, no como secundario, sino como una fuerza estratégica en la disputa por la confianza pública. Si la última década estuvo marcada por el avance del greenwashing (práctica en la que las organizaciones utilizan discursos ambientales inconsistentes con sus acciones), hoy estamos entrando en la era del truth marketing: una comunicación climática fundamentada, rastreable y verificable.
El punto de inflexión ganó refuerzo institucional con la Iniciativa Global por la Integridad de la Información sobre el Cambio Climático, lanzada por Brasil con el apoyo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). Por primera vez, la integridad informativa entró en la agenda oficial de una COP, reconociendo la desinformación como una amenaza real a la acción climática. A partir de aquí las narrativas no bastan; se necesitan evidencias.
Compromiso verificable
El sector privado vive un punto de inflexión similar al que el periodista e investigador Jonathan Rauch describe en “The Constitution of Knowledge: A Defense of Truth” (2021) como la “era de la epistemología institucional”: un tiempo en que el valor de la información depende menos de la autoridad de quien habla y más de la posibilidad de verificar lo que se dice. En otras palabras, la confianza pública hoy es un producto de la coherencia, la transparencia y la responsabilidad. En el campo de la comunicación climática, este movimiento exige que las marcas y organizaciones actúen con tres principios esenciales: rendición de cuentas, transparencia y trazabilidad.
El primero, accountability, se refiere a la rendición de cuentas pública, es decir, a la capacidad de producir métricas, rendir cuentas y corregir el rumbo. El concepto es ampliamente discutido por Mark Bovens (2007), quien lo define como el deber de explicar y justificar acciones ante la sociedad, y aparece como principio estructurante en directrices internacionales de gobernanza pública, como las de la Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD, 2014). La transparencia, por su parte, implica la apertura de información sobre impactos, criterios y decisiones, principio detallado por Archon Fung, Mary Graham y David Weil en Full Disclosure: The Perils and Promise of Transparency (2007), obra que argumenta que la claridad informacional constituye uno de los pilares de la confianza social y de la gobernanza moderna.
La trazabilidad, a su vez, se ha vuelto central en las políticas ambientales contemporáneas al exigir que las organizaciones puedan demostrar el origen, el recorrido y el impacto de productos y procesos a lo largo de toda la cadena de valor. Este principio aparece en normas técnicas como la ISO 14068, que orienta prácticas de neutralidad de carbono, y en marcos regulatorios internacionales, entre ellos el European Green Deal (European Commission, 2019), que establece la meta de hacer la Unión Europea económicamente neutra en emisiones para 2050 y refuerza la necesidad de transparencia integral en las cadenas productivas.
Otro marco de referencia ampliamente utilizado es el Protocolo de Gases de Efecto Invernadero (GHG Protocol, 2004), una metodología global desarrollada por el World Resources Institute y el World Business Council for Sustainable Development, que estandariza la medición y la comunicación de emisiones, ofreciendo criterios comparables y verificables para gobiernos y empresas.
Estos conceptos, ampliamente incorporados a las prácticas de Environmental, Social and Governance (ESG), han dejado de ser jerga técnica para convertirse en imperativos estratégicos. En un escenario saturado de discursos verdes y promesas de sostenibilidad, las marcas se enfrentan a lo que los investigadores han denominado green fatigue — un cansancio colectivo ante narrativas ambientales vacías. Esto significa que, más que comunicar valores, es necesario demostrar resultados reales.
Como destaca la filósofa e historiadora de la ciencia Naomi Oreskes, autora de “Merchants of Doubt” (2010), “la confianza no nace solo de la información, sino de la credibilidad institucional”. En el contexto de la sostenibilidad, esta credibilidad se construye cuando hay alineación entre discurso y práctica, cuando el marketing deja de ser promesa y pasa a ser evidencia.
El avance de las agendas socioambientales ha hecho que el marketing de causas gane protagonismo en las estrategias de comunicación corporativa. Sin embargo, a medida que la sostenibilidad y el propósito se convierten en palabras de orden, también crece el riesgo de lo que los investigadores llaman la “estetización verde”, cuando la narrativa visual o simbólica sobre la responsabilidad ambiental se superpone a las prácticas concretas que la sustentan.
El fenómeno es una evolución del greenwashing, término acuñado en la década de 1980 por el ecologista Jay Westerveld para describir campañas que simulan un compromiso ambiental sin efectividad real. En un contexto saturado de mensajes verdes, esta estética performativa puede, paradójicamente, socavar la confianza que pretende construir. Es en este escenario donde surge la necesidad de un nuevo paradigma comunicacional: el truth marketing, un modelo orientado por la coherencia entre narrativa, dato y acción.
El concepto se basa en principios de comunicación responsable, como los propuestos por John Grant en “The Green Marketing Manifesto” (2007), que defiende que la sostenibilidad solo es auténtica cuando se traduce en valor compartido y transformación concreta. La lógica del truth marketing se apoya, por lo tanto, en la verificabilidad y rastreabilidad de las promesas demarcadas, exigiendo que las campañas vayan acompañadas de métricas, informes y compromisos públicos medibles.
Casos recientes demuestran cómo este cambio de mentalidad ya está en marcha. Patagonia, por ejemplo, se ha convertido en una referencia mundial al declarar que “la Tierra es nuestro único accionista” y transferir su propiedad a un fondo ambiental destinado a combatir la crisis climática. Unilever ha reformulado su cadena de producción e informes de impacto bajo estándares más estrictos de transparencia. Klabin invierte en trazabilidad de origen y neutralización de carbono, conectando ESG con la industria forestal brasileña. Microsoft, por su parte, destaca por la aplicación del Protocolo de Gases de Efecto Invernadero (GHG Protocol) en la medición de emisiones y por el objetivo de ser carbono negativo para 2030, eliminando más carbono del que emite.
Estos ejemplos demuestran que la narrativa de propósito solo genera valor cuando está respaldada por la rendición de cuentas y la gobernanza. El público contemporáneo, inmerso en la economía de la atención y acostumbrado a la verificación en tiempo real, no solo consume historias: las audita. El marketing de causas, por lo tanto, necesita evolucionar de la estética a la evidencia, de la promesa al desempeño.
Cuando las marcas se convierten en educadoras
La Iniciativa Global por la Integridad de la Información sobre el Cambio Climático propone un nuevo pacto entre la ciencia, la comunicación y la sociedad. Entre sus objetivos se encuentran financiar investigaciones para mapear la desinformación climática, crear redes de expertos confiables, proteger a científicos y periodistas, y definir estándares globales para la comunicación ambiental.
Este movimiento redefine el papel del marketing. Si antes su función era traducir valores de marca, ahora pasa a actuar también como curaduría de credibilidad. En un ecosistema saturado por informaciones contradictorias, la comunicación corporativa se convierte en puente entre el público y el conocimiento confiable. El informe de la UNESCO Global Principles for Climate Information Integrity (2025) destaca que una comunicación climática eficaz depende de la combinación entre rigor científico, empatía narrativa y transparencia institucional. Esta tríada define el marketing de la verdad como un nuevo modelo de mediación entre marcas y sociedad.
Para profesionales de marketing, este cambio implica incorporar nuevas prácticas: datos auditables, trazabilidad de impacto, coherencia entre discurso y acción. El storytelling se convierte en data storytelling; las campañas de reputación se transforman en informes de integridad. La consistencia pasa a ser el verdadero diferencial competitivo.
El Edelman Trust Barometer 2024 señala que el 71% de los consumidores confía más en empresas que demuestran un impacto verificable que en instituciones públicas. Esto desplaza el marketing del campo persuasivo al de la responsabilidad informacional, donde cada campaña o contenido contribuye a fortalecer la confianza pública en la ciencia y el diálogo transparente.
Al final, comunicar sostenibilidad es comunicar futuro. Y el futuro de la comunicación está en unir datos, propósito y autenticidad. El marketing deja de ser solo un medio de persuasión para convertirse en un lenguaje de compromiso, capaz de traducir complejidades en confianza y discurso en transformación real.
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Quién publicó esta columna
Natasha Barreto de Oliveira








