Educación
06 de febrero de 2026
Alfabetización digital: la condición invisible de la ciudadanía
Comprender, interpretar y participar críticamente del mundo tecnológico se ha convertido en una condición básica de la vida contemporánea

Vivimos en una era digital en permanente transformación. Estamos inmersos, a menudo de forma casi invisible, en una rutina atravesada por relaciones digitales de diferente naturaleza: sociales, económicas, profesionales, educativas y culturales. La presencia de la tecnología se ha vuelto tan constante y estructurante que el conjunto de comportamientos, hábitos y fenómenos asociados a la comunicación en red, al acceso a la información y a la industria cultural ha pasado a ser comprendido bajo el concepto de cibercultura.
La cibercultura no se limita a las herramientas o a los dispositivos. Expresa la forma en que la sociedad se organiza, produce sentidos, comparte información y construye prácticas sociales a partir de la mediación digital. Se trata de un ecosistema de lenguajes, valores, hábitos y modos de actuar que moldea, cada vez más, la vida cotidiana.
A pesar de vivir en un contexto ampliamente digitalizado, una parte significativa de la población todavía encuentra dificultades para lidiar con este escenario. Estas limitaciones se manifiestan en la comprensión, el uso y la creación de contenidos digitales de forma crítica, ética y eficaz, así como en la capacidad de navegar, buscar, evaluar, producir y compartir información en línea, o incluso de utilizar herramientas digitales básicas en el día a día. Esta brecha de competencias caracteriza lo que se entiende como ausencia o fragilidad de alfabetización digital.
El concepto de alfabetización digital va mucho más allá del dominio técnico de las herramientas. Se refiere a la capacidad de comprender, evaluar críticamente, producir y participar en prácticas sociales mediadas por tecnologías digitales. Desde sus primeras formulaciones, como la definición propuesta por el escritor y periodista Paul Gilster, en la década de 1990, el enfoque ya estaba menos en la tecnología en sí y más en la interpretación crítica de la información. La alfabetización digital no es solo saber usar, sino saber leer el mundo digital, interpretar sus códigos, reconocer sus riesgos y posibilidades y actuar de forma consciente en este entorno.
Esta perspectiva ayuda a explicar por qué algunas personas, incluso sin familiaridad previa con determinadas herramientas, logran aprenderlas de forma relativamente intuitiva, mientras que otras enfrentan grandes barreras. Lo que está en juego no es solo el contacto con la tecnología, sino la construcción de repertorio, lógica de uso, pensamiento crítico y comprensión de los lenguajes digitales. En este sentido, la educación desempeña un papel central y no puede mantenerse ajena a las transformaciones en curso. El alfabetismo digital emerge como una condición fundamental para preparar ciudadanos y ciudadanas para enfrentar los desafíos contemporáneos, especialmente aquellos relacionados con las nuevas formas de comunicación, información y participación social.
Inclusión social
La importancia de la alfabetización digital se hace aún más evidente cuando observamos cómo lo digital ha dejado de ser un espacio periférico para convertirse en parte de la infraestructura de la ciudadanía. Promueve la inclusión social al permitir que las personas participen en las rutinas digitales con mayor autonomía y seguridad, fortalece los procesos educativos y amplía las posibilidades de aprendizaje a lo largo de la vida. Más que eso, redefine el acceso a derechos, servicios y oportunidades.
En Brasil, este movimiento se expresa en iniciativas como la adopción del prospecto digital de medicamentos, aprobado en un proyecto piloto por la Anvisa. Aunque la versión impresa seguirá garantizada para quienes la soliciten, el prospecto digital amplía el acceso a la información a través de códigos QR en los envases y permite contenidos complementarios, como vídeos y audios explicativos. La propuesta se alinea con una tendencia global de modernización y personalización de la información en salud. Sin embargo, para personas con bajo o nulo alfabetismo digital, este tipo de innovación puede generar más barreras que beneficios, ampliando desigualdades en lugar de reducirlas.
El mismo razonamiento se aplica a otras transformaciones en curso. El avance de la IA, la consolidación de Pix como medio dominante de pago y propuestas como la DREX —moneda digital oficial de Brasil— apuntan a un futuro en el que el dinero, los servicios y las decisiones estarán cada vez más mediados por infraestructuras digitales. Sin embargo, hoy en día, muchas personas todavía enfrentan dificultades en el uso de aplicaciones bancarias y servicios financieros digitales, incluso en un contexto en el que las organizaciones invierten fuertemente en mejoras de usabilidad, cuentan con equipos de diseño dedicados a la intuitividad y aplican buenas prácticas de experiencia del usuario. Cambios de esta magnitud, cuando no van acompañados de políticas y prácticas consistentes de alfabetización digital, tienden a profundizar exclusiones ya existentes.
Cuando todo se dirige a lo digital, la pregunta inevitable es: ¿dónde quedan las personas que no logran manejar bien lo digital en la economía, la educación y la vida social? Promover la alfabetización digital es, en este sentido, una forma concreta de garantizar humanos en el loop. Se trata de asegurar que las personas sigan siendo capaces de comprender, decidir y participar activamente en procesos cada vez más automatizados y mediados por la tecnología.
Este debate cobra aún más relevancia en un contexto de envejecimiento poblacional. Con los avances tecnológicos, especialmente en las áreas de salud preventiva, la expectativa de vida ha aumentado de forma consistente. Sin recurrir a visiones edadistas, es importante reconocer que el alfabetismo digital no es un desafío exclusivo de las personas mayores, pero los datos ayudan a dimensionar su importancia en este grupo. El crecimiento expresivo de matrículas de personas con más de 60 años en la enseñanza superior, especialmente en la educación a distancia, indica tanto el deseo de aprendizaje continuo como la necesidad de crear ambientes digitales más accesibles, comprensibles y acogedores.

Datos recientes del IBGE muestran que la mayor parte de la población brasileña ya tiene acceso a internet. Sin embargo, la principal barrera declarada no es la infraestructura, sino la capacidad de uso. Millones de personas permanecen desconectadas o subutilizan lo digital simplemente porque no saben cómo utilizarlo o no perciben su relevancia. En muchos hogares sin acceso a internet, el motivo principal no es el costo, sino el hecho de que ningún residente sabe usarlo.
En un país con un perfil fuertemente mobile-first, en el que el teléfono móvil se ha consolidado como el principal medio de acceso a internet, lo digital ya estructura prácticas económicas y sociales fundamentales, como el acceso a servicios bancarios y a políticas públicas. Al mismo tiempo, este uso permanece concentrado en actividades de entretenimiento, como llamadas de voz y video, redes sociales y consumo de medios digitales, siendo que los ingresos y la escolaridad actúan sobre todo como condicionantes de acceso, y no como determinantes directos de las formas de uso.
Ancianos
En el caso de las personas mayores, estudios apuntan que la inclusión digital y el desarrollo del alfabetismo digital están asociados a la reducción de la soledad, al aumento de la participación social, a la mejora de la autoestima y a impactos positivos en dominios cognitivos como la memoria y la atención. Muchas permanecen al margen de lo digital no por falta de recursos, sino por la ausencia de habilidades que les permitan utilizar tecnologías de forma autónoma y segura. El derecho a la alfabetización y al alfabetismo digital debe, por lo tanto, ser comprendido como una extensión del derecho a la educación a lo largo de la vida, especialmente relevante en una sociedad cada vez más digitalizada. A pesar de ello, todavía son escasos los instrumentos capaces de evaluar de forma consistente el alfabetismo digital, y prácticamente inexistentes las herramientas desarrolladas y validadas específicamente para el contexto brasileño. Esta brecha evidencia el desajuste entre la velocidad de la transformación digital y la capacidad de comprenderla, medirla y afrontarla de manera estructurada.

Promover la alfabetización digital no significa solo enseñar el uso de tecnologías. Significa crear condiciones para la participación social, el ejercicio de la ciudadanía, la autonomía y la mejora de la calidad de vida. También implica revisar mitos consolidados, como la idea de que generaciones consideradas “nativas digitales” serían automáticamente alfabetizadas digitalmente. La dificultad recurrente de los jóvenes para ejecutar tareas “básicas” de informática revela que el uso intensivo de tecnología puede convivir con lagunas profundas de comprensión, autonomía y pensamiento crítico. En una sociedad cada vez más digital, la alfabetización digital deja de ser un diferencial y pasa a ser una condición básica para existir, participar y decidir.
En un contexto en el que los contenidos generados por inteligencia artificial son cada vez más comunes y pasan a influir directamente en la formación de opiniones, percepciones y decisiones, el letramento digital asume un papel aún más estratégico. Contribuye a que las personas puedan identificar, cuestionar e interpretar críticamente contenidos producidos o mediados por otras tecnologías, incluso cuando esta distinción se vuelve cada vez más sutil y difícil de percibir incluso para personas con letramento digital.
Más que reconocer herramientas o técnicas, el alfabetismo digital implica la comprensión de que el entorno digital opera a través de dialectos propios, algunos explícitos, otros implícitos, que moldean narrativas, significados y comportamientos. Al igual que en cualquier lengua o cultura, comprender estos códigos (sus usos, intenciones y límites) es una condición esencial para la participación consciente, la autonomía intelectual y el ejercicio crítico de la ciudadanía en una sociedad profundamente atravesada por la tecnología.
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Quién publicó esta columna
Lucas Tangi








