Tecnología
01 de julio de 2026
Del Papa Pop al Papa Tec
Tecnología, dignidad humana y el improbable consenso sobre inteligencia artificial

Cuando Humberto Gessinger compuso O Papa é Pop, en 1990, observaba un fenómeno curioso de la modernidad: incluso una de las figuras más tradicionales del mundo había sido absorbida por la lógica mediática. El Papa ya no habitaba solo en los templos. Estaba en las portadas de revistas, en los noticieros, en las conversaciones cotidianas y, como sugería la canción, se había transformado en parte de la cultura de masas. Treinta y cinco años después, quizás sea necesario actualizar la metáfora. El Papa sigue siendo pop. Pero también se ha vuelto tec.
No porque se haya convertido en un influyente digital de la fe, sino porque decidió cruzar una frontera que muchos imaginaban reservada a ingenieros, científicos y ejecutivos de tecnología. Lo que llamó la atención de la comunidad internacional fue su decisión de entrar en uno de los debates más complejos de la actualidad: el papel de la inteligencia artificial en la vida humana.
La publicación de la encíclica Magnifica Humanitas por el Papa León XIV, en mayo de este año, sorprendió a muchos observadores. Después de todo, no es común que un documento pontificio dialogue directamente con temas como algoritmos, aprendizaje automático, sistemas generativos y producción de conocimiento científico. La sorpresa, sin embargo, disminuye cuando nos damos cuenta de que la preocupación expresada por el Vaticano no está aislada.
A lo largo de los últimos años, instituciones muy diferentes han llegado a conclusiones notablemente similares. En 2019, el Grupo de Expertos de Alto Nivel sobre Inteligencia Artificial de la Unión Europea publicó los documentos “A Definition of AI: Main Capabilities and Scientific Disciplines” y “Ethics Guidelines for Trustworthy AI”. Desde entonces, se han sumado el “AI Act” europeo, el informe “The Role of Artificial Intelligence in Scientific Research”, del Centro Común de Investigación de la Comisión Europea, las “Directrices para el Uso de la Inteligencia Artificial en la Educación Básica” del Ministerio de Educación brasileño, la Resolución nº 13/2025 de la Universidade Estadual Paulista (Unesp), la “Guía para Investigadores: Uso Responsable de la Inteligencia Artificial Generativa” y la Portaria CNPq nº 2.664/2026, entre otros documentos que buscan orientar a gobiernos, instituciones y ciudadanos ante las transformaciones provocadas por la IA.
Lo más interesante es que estos documentos no pertenecen al mismo campo. Fueron producidos por universidades, agencias de fomento, formuladores de políticas públicas, científicos, educadores y organismos internacionales. Aun así, todos parecen gravitar en torno a una misma preocupación. ¿Cómo preservar la autonomía humana en una era de inteligencia artificial?
A primera vista, podríamos imaginar que la cuestión central sería tecnológica. No lo es. Ninguno de los documentos dedica sus esfuerzos principales a discutir solo velocidad de procesamiento, poder computacional o sofisticación algorítmica. En cambio, todos regresan repetidamente a preguntas más antiguas y más profundas.
- ¿Quién es el ser humano?
- ¿Qué es el conocimiento?
- ¿Quién debe tomar decisiones?
- ¿Quién responde por los resultados?
- ¿Quién permanece al mando?
Quizás el hallazgo más interesante de esta lectura conjunta sea darse cuenta de que el debate contemporáneo sobre inteligencia artificial no está organizado en torno a la tecnología, sino en torno a la humanidad.
Los documentos europeos utilizan la expresión Human-Centric AI, inteligencia artificial centrada en el ser humano. El principio es simple: la tecnología debe ampliar las capacidades humanas, jamás sustituirlas integralmente. El ser humano sigue siendo el sujeto moral, político y jurídico del proceso.
La encíclica llega a una conclusión similar por otro camino. En lugar de hablar de derechos fundamentales, habla de dignidad humana. En lugar de hablar de autonomía individual, habla de persona. En lugar de recurrir al lenguaje de la gobernanza, utiliza el lenguaje de la responsabilidad moral. Las palabras cambian. La preocupación permanece.
Deriva epistémica
El informe del Joint Research Centre añade una dimensión particularmente interesante a esta discusión. A diferencia de los demás documentos, no centra su atención en la ética o en la regulación. Su enfoque está en la propia producción del conocimiento científico. Allí aparece un concepto poco conocido fuera de los círculos académicos: epistemic drift, o deriva epistémica.
La expresión describe el riesgo de que los sistemas de inteligencia artificial pasen a influir no solo en las respuestas que encontramos, sino también en las preguntas que hacemos. En otras palabras, el problema no sería solo que una IA produzca conclusiones erróneas. El problema sería que la propia ciencia comience a pensar dentro de los límites sugeridos por los sistemas que utiliza.
La preocupación es sofisticada. Si una herramienta pasa a organizar la investigación, seleccionar fuentes, sugerir hipótesis y estructurar caminos investigativos, ¿en qué medida seguimos conduciendo el proceso? ¿En qué momento empezamos a ser conducidos por él?
Curiosamente, esta pregunta hace eco de la crítica a la tecnocracia presente en la encíclica. Aunque utilizan lenguajes distintos, ambos documentos parecen inquietos con la misma posibilidad: la transferencia gradual de la conducción humana a sistemas cada vez más complejos y opacos.
En este punto, surge una falsa dicotomía que frecuentemente domina los debates públicos. Por un lado, los entusiastas que creen que la inteligencia artificial resolverá prácticamente todos los problemas humanos. Por otro, los alarmistas que ven máquinas a punto de sustituir a la humanidad. Ambas posiciones simplifican la cuestión.
La alternativa quizás esté en una fórmula más simple: IA+IA. Inteligencia Artificial más Inteligencia Auténtica. No se trata de sustituir una por la otra, sino de reconocer capacidades complementarias. La inteligencia artificial amplía el acceso a la información, identifica patrones y acelera procesos. La inteligencia auténtica ofrece contexto, experiencia, imaginación, responsabilidad y discernimiento.
El primero procesa, el segundo comprende. El primero calcula, el segundo interpreta. El propio informe del Joint Research Centre llega a una conclusión similar: “Abordar estos desafíos requiere políticas que promuevan la alfabetización en IA, el pensamiento crítico y la colaboración multidisciplinar, para garantizar que la experiencia humana siga siendo central en el proceso” (JRC, 2025, p. 5-6). El pasaje confirma el punto: no se trata de alejar la inteligencia artificial, sino de fortalecer la inteligencia humana capaz de utilizarla.
Sin inteligencia auténtica, la IA puede producir respuestas correctas, pero vacías de sentido. Sin las herramientas contemporáneas, la inteligencia humana corre el riesgo de no seguir la creciente complejidad del mundo.
El desafío no es elegir entre una y otra, sino construir una relación equilibrada entre ambas. Quizás sea precisamente esto lo que explique el improbable consenso encontrado entre documentos tan diferentes. Universidades, científicos, educadores, reguladores europeos e incluso el Vaticano parecen coincidir en un punto esencial: la cuestión decisiva del siglo XXI no es lo que las máquinas serán capaces de hacer. La cuestión decisiva es lo que los seres humanos decidirán hacer con ellas.
Volviendo a Gessinger, vale recordar que el estribillo afirmaba que “el pop no perdona a nadie”. Tres décadas después, la observación sigue vigente. La tecnología tampoco perdona a nadie. Ni gobiernos, ni escuelas, ni universidades, ni empresas, ni iglesias. Ni siquiera la inteligencia artificial, que ya dejó de ser solo tema de ciencia ficción para convertirse en asunto de escuelas, universidades, gobiernos, empresas e incluso del Vaticano.
¿Qué hacer ahora?
Si existe un consenso emergente entre el Vaticano, la Unión Europea, las universidades y las agencias de investigación, este no se limita a la necesidad de debatir sobre inteligencia artificial. También existe una creciente preocupación por ofrecer orientaciones concretas para su uso.
En Brasil, uno de los documentos más relevantes en este sentido son las “Directrices para el Uso de la Inteligencia Artificial en la Educación Básica”, publicadas por el Ministerio de Educación. El documento no trata la IA como una amenaza ni como una solución mágica. Su propuesta es formar estudiantes capaces de comprender críticamente estas tecnologías, utilizarlas de forma responsable y reconocer sus límites. Entre sus recomendaciones se encuentran la promoción de la educación digital, el fortalecimiento del pensamiento crítico, la transparencia en el uso de las herramientas y la preservación de la mediación humana en los procesos educativos.
Para los profesores, se puede aplicar inmediatamente una pista práctica: utilizar sistemas de IA no para sustituir actividades de lectura, interpretación y producción textual, sino para ampliarlas. Un estudiante puede solicitar a una IA un resumen de un tema determinado; el aprendizaje ocurre cuando compara este resumen con otras fuentes, identifica lagunas, cuestiona respuestas y produce su propia síntesis. La herramienta genera información; la formación sigue siendo humana.
En el contexto universitario, destaca la Resolución nº 13/2025 de la Unesp, que establece principios para el uso responsable de la inteligencia artificial en la institución. El documento enfatiza supervisión humana, transparencia, responsabilidad, protección de datos, integridad académica y evaluación crítica de los resultados producidos por sistemas de IA.
Más que un conjunto definitivo de reglas, la resolución puede ser entendida como un modelo inicial de gobernanza. Estamos apenas en los primeros pasos de una transformación que probablemente acompañará las próximas décadas. Las orientaciones de la Unesp merecen ser estudiadas, comparadas con experiencias de otras universidades y continuamente revisadas a medida que surgen nuevas tecnologías y aparecen nuevos desafíos.
Quizás esta sea la principal lección extraída del conjunto de documentos analizados: no estamos ante un debate pasajero. Estamos aprendiendo a convivir con una tecnología que continuará evolucionando. El camino aún se está construyendo, pero una dirección parece clara. La inteligencia artificial debe crecer junto a la inteligencia humana, nunca en su lugar.
Mantengamos un ojo en los titulares y las noticias. En especial, en aquellos publicados en los Diarios Oficiales de la Unión, de los estados brasileños y de las instituciones de enseñanza e investigación. Si los grandes debates suelen llegar al público a través de discursos, entrevistas y reportajes, es en los documentos normativos, en las resoluciones, portarias, directrices y regulaciones que las transformaciones comienzan efectivamente a tomar forma.
Los próximos capítulos de la saga IA+IA se están escribiendo en este preciso momento. Y serán tan decisivos como los primeros.
Quién publicó esta columna
Roberto Munhoz








