Digital
24 de abril de 2026
La novelita de las frutas y la verticalización del absurdo
El contenido lúdico atrapa, pero no alimenta el repertorio cognitivo y colabora con el brainrot

Esta semana mi feed fue invadido. Pero no fue por hackers. Fue una invasión singular, diría yo: fue tomado por frutas humanizadas, en diálogos estridentes y guiones inesperados. Lo que presenciamos ahora con las llamadas “telenovelas de frutas” exige un análisis que trasciende la curiosidad estética o el simple extrañamiento.
Aunque pretendo discutir el formato de las telenovelas verticales como una tendencia macro de consumo de contenido en otro momento, es imposible ignorar cómo este recorte específico acelera discusiones urgentes sobre retención y la calidad de la atención humana en el entorno digital.
Nombro a un conjunto de narrativas seriadas en vídeos cortos, de 2 a 3 minutos, producidas con inteligencia artificial, distribuidas en plataformas de consumo rápido como Instagram y Tik Tok, que capturan la atención con un costo cognitivo muy bajo, como “culebrones de frutas”.
Funcionan como microdramas: conflicto rápido, escalada en segundos, desenlace incompleto y invitación explícita a seguir viendo, a través de un gancho al final. La estética es lúdica. El contenido es absurdo. La lógica es industrial. Y la combinación es bastante eficiente, especialmente desde el punto de vista de la retención y recordando que vivimos en la era de la economía de la atención. El éxito fue tal que ya existen personas vendiendo cursos sobre cómo generar ingresos extra creando estos contenidos en la IA.
El auge del contenido vertical (videos cortos de redes sociales) ha transformado el entretenimiento. Las “novelas” de frutas representan la materialización de este cambio. A diferencia de la dramaturgia tradicional, que opera bajo un pacto ficcional de larga duración escenificado por humanos, estas producciones utilizan la eficiencia técnica de la inteligencia artificial para producir en gran volumen.
La creación de personajes como la Fresita o el Aguacate permite una personificación rápida de arquetipos que el público identifica instantáneamente, facilitando la adhesión al contenido sin la necesidad de un contexto previo profundo. Es el entretenimiento de impacto, en el cual el tiempo de pantalla se conquista por el impacto y la curiosidad inmediata.
El éxito de estos vídeos trae un concepto fundamental a la cultura digital: el brainrot. Traducido libremente como la pudrición de la capacidad de atención, el fenómeno describe el consumo crónico de contenidos hiperestimulantes que priorizan la retención técnica en detrimento de la sustancia intelectual. En estas novelitas, la estrategia de retención es sofisticada y, a menudo, invisible para el usuario común. Atrapa, pero no alimenta el repertorio cognitivo.
A pesar del carácter lúdico, estético y casi infantilizado, y en contraposición a ello, estas novelitas me causaron una incomodidad por los temas pesados y complejos que presentan y que extrapolan lo absurdo, lo caótico, lo surreal. Detrás de colores vibrantes y animaciones que podrían atraer al público joven e infantil, las historias frecuentemente abordan mensajes perversos. Viendo algunos episodios, encontré mensajes cargados de misoginia, racismo, gordofobia, agresividad y refuerzo de estereotipos de género, además de temas como la prostitución abordados en algunos de los vídeos.
El personaje Moranguete aparece frecuentemente hipersexualizado, mientras que Abacatudo representa el papel del “macho alfa”, un comportamiento misógino asociado a movimientos masculinistas, sumado a componentes tóxicos que, bajo la cáscara de una fruta, crean una zona de ambigüedad preocupante. En algunos videos, Abacatudo usa la agresividad verbal con Moranguete por cuenta de la ropa corta que ella usa.
Otro punto que llama la atención: el uso deliberado de leyendas inconexas. El texto mostrado a menudo no tiene relación con la narrativa visual; sirve como una herramienta de distracción y anclaje para engañar al algoritmo de las plataformas, manteniendo al usuario retenido mientras el video se reproduce en bucle.
Nos encontramos ante una ingeniería que utiliza el recurso más escaso del mercado, el tiempo, como moneda de cambio, sin ofrecer a cambio un valor que justifique tal inversión cognitiva. Cuando el foco de la producción de contenido migra de la utilidad a la mera permanencia forzada, el ecosistema digital sufre una degradación cualitativa.
En mi búsqueda por el feed, encontré comparaciones recurrentes con las telenovelas tradicionales del horario estelar, que considero técnicamente imprecisas. En la televisión abierta, existe un contrato narrativo explícito, además de regulación y de una responsabilidad editorial visible. Las tramas siguen un período más largo y son construidas por humanos.
Ya el minidrama corto de las redes sociales opera de una forma en la que lo absurdo es el combustible principal. El peligro no reside solo en el contenido en sí, sino en la normalización de mensajes que quizás no sean aceptados en otros contextos comunicacionales. La brevedad del formato impide la construcción de consecuencias narrativas, dejando solo el impacto del conflicto como rastro en la mente del espectador.
También encontré el caso de marcas e incluso órganos públicos que, atraídos por el volumen de visualizaciones, intentan capitalizar este fenómeno. Utilizan los recursos visuales de estas telenovelas para “montar la ola” de la viralización. En un análisis más restringido, todavía dudo del valor de esta asociación de empresas e instituciones con personajes que se consideran, como mínimo, éticamente ambiguos.
Es importante recordar que, en una cultura digital como la nuestra, aquello en lo que ponemos nuestra atención es aquello que estamos validando como modelo de, en este caso, contenido de valor. Al avalar lo lúdico que camufla lo perverso, colaboramos para el sostenimiento de una cultura digital que privilegia el secuestro de la atención en lugar de la entrega de valor real.
Pero todavía hay muchas otras capas que abordar, que no caben en un solo artículo. Por ahora, me quedo con la provocación que, para mí, es la más adecuada ahora: la atención es un voto cotidiano. El sistema distribuye aquello que retiene. Y nosotros reforzamos lo que vemos. La pregunta, entonces, no es solo por qué esto se viraliza. Es qué está causando esto en nuestra forma de consumir, normalizar y recordar. Vale la pena, aún así, cuestionar los motivos que nos llevan a consumir lo lúdico envuelto en temas pesados y controvertidos. En este contexto de cultura digital, todavía tenemos mucho que pensar, elaborar, discutir y decidir. Mucho más que “hipear”.








