Educación
21 de agosto de 2026
La educación cibernética como ventaja competitiva en la economía digital
Empresas que invierten solo en tecnología siguen siendo vulnerables a los riesgos

La economía se ha vuelto digital. Esta afirmación, que hace pocos años podría sonar como el diagnóstico de una tendencia, hoy describe una realidad consolidada. Empresas, consumidores, instituciones financieras, gobiernos y profesionales han pasado a depender de plataformas conectadas para realizar transacciones, compartir información, contratar servicios, consumir contenido, estudiar, trabajar y relacionarse. La digitalización ha ampliado el acceso a productos, servicios y oportunidades, pero también ha elevado significativamente la exposición de individuos y organizaciones a riesgos cibernéticos. En este contexto, la educación digital y cibernética se vuelve fundamental para promover el uso consciente, seguro y responsable de las tecnologías.
En Brasil, este movimiento es particularmente evidente en el sector financiero. Según la Encuesta Febraban de Tecnología Bancaria 2025, el 82% de las transacciones bancarias de los brasileños en 2024 se realizaron a través de canales digitales, de un total de 208.200 millones de operaciones; el móvil representó el 75% de estas transacciones. La banca móvil, por sí sola, sumó 155.000 millones de transacciones en el período, 20.000 millones más que en 2023, mientras que el Pix alcanzó casi 25.000 millones de operaciones realizadas por smartphones. Estos datos demuestran que la economía digital ha dejado de ser una capa complementaria de la vida económica y se ha convertido en su infraestructura cotidiana.
Esta expansión, sin embargo, trae una paradoja importante: cuanto mayor la digitalización, mayor también la superficie potencial de ataque. Más usuarios conectados, más dispositivos utilizados, más datos circulando, más integraciones entre sistemas y más transacciones realizadas en línea significan también nuevos puntos de exposición. El avance de los mercados digitales, por lo tanto, amplía simultáneamente las oportunidades de innovación y los desafíos relacionados con la protección de datos, la confianza y la seguridad de las relaciones económicas.
El papel del usuario
El riesgo no está solo en la infraestructura tecnológica. También reside en la forma en que las personas comprenden, utilizan y se comportan en estos entornos. Los sistemas pueden ser protegidos, las redes pueden ser monitoreadas, las identidades pueden ser autenticadas y los datos pueden ser cifrados. Aun así, una decisión inadecuada de un usuario, como hacer clic en un enlace malicioso, reutilizar contraseñas débiles, ignorar alertas, compartir información sensible o aprobar una solicitud indebida, puede comprometer recursos individuales y organizacionales. Esta constatación refuerza un punto central: la principal vulnerabilidad de la transformación digital no reside necesariamente en la tecnología, sino en la preparación de las personas.
Esta percepción también fue observada en un estudio realizado por el autor, en 2024, en el marco del MBA en Negocios Digitales de la USP/ESALQ, que investigó la relación entre educación digital, comportamiento humano y seguridad en los mercados digitales.
La investigación identificó una diferencia relevante entre la percepción de conocimiento de los usuarios y sus prácticas efectivas de seguridad digital. Muchos participantes se consideraban preparados para actuar en el entorno digital, pero aún presentaban lagunas importantes relacionadas con la comprensión de riesgos y la adopción de medidas básicas de protección. El resultado refuerza una constatación recurrente en la literatura especializada: los desafíos de seguridad que enfrentan las organizaciones no se limitan a la tecnología, involucrando de forma decisiva el factor humano y la dificultad de transformar conocimiento en comportamiento seguro.
Esa falsa sensación de preparación es uno de los puntos más críticos de la seguridad contemporánea. En una economía altamente digitalizada, el acceso frecuente a la tecnología puede crear la impresión de dominio. Usar aplicaciones, realizar compras en línea, operar servicios bancarios por el móvil o interactuar en redes sociales no significa, necesariamente, comprender los riesgos involucrados en esas acciones. El uso cotidiano de herramientas digitales puede generar familiaridad, pero la familiaridad no equivale a competencia cibernética.
La TIC Hogares 2024, del Cetic.br, también ayuda a dimensionar este escenario. La investigación tuvo alcance nacional, con recolección entre marzo y agosto de 2024, abarcando 23.856 hogares y 21.170 individuos respondientes, con el objetivo de medir posesión, uso, acceso y hábitos de la población brasileña en relación con las tecnologías de información y comunicación.
En 2024, el 84% de la población figuraba como usuaria de internet en el indicador estándar, al mismo tiempo que 29 millones de personas permanecían como no usuarias. El dato revela una doble dimensión del desafío: al mismo tiempo que el país amplía su conectividad, aún necesita lidiar con desigualdades de acceso, calidad de uso y desarrollo de habilidades digitales.
El problema, sin embargo, no se limita a quienes están fuera del entorno digital. También afecta a quienes ya están conectados. Investigaciones sobre alfabetización digital y seguridad de la información indican que incluso entre individuos con mayor nivel educativo, experiencia profesional y amplio acceso a la tecnología, pueden persistir brechas importantes de conocimiento y de adopción de buenas prácticas de seguridad digital. Este punto es particularmente relevante porque desplaza la discusión más allá de la inclusión digital en sentido estricto. No basta con estar conectado. Es necesario estar preparado para actuar de forma crítica, segura y responsable.
Ambiente corporativo
En el entorno corporativo, esta cuestión se vuelve estratégica. Las empresas invierten frecuentemente en plataformas, sistemas, automatización, inteligencia artificial, computación en la nube y soluciones avanzadas de seguridad. Estas inversiones son indispensables, pero insuficientes cuando no van acompañadas de una cultura organizacional orientada a la seguridad. La tecnología reduce riesgos, pero no elimina comportamientos inseguros. Por ello, la educación cibernética debe ser comprendida como una competencia organizacional permanente, y no como una acción puntual de entrenamiento.
Informes internacionales recientes refuerzan esta lectura. El Verizon 2025 Data Breach Investigations Report analizó 22.052 incidentes de seguridad y 12.195 filtraciones de datos confirmadas, involucrando a organizaciones de diferentes tamaños, sectores y países.
El propio informe destaca temas recurrentes como el papel de terceros, la explotación de vulnerabilidades, credenciales robadas, aplicaciones web, ransomware y otros patrones de ataque. Si bien los mecanismos técnicos varían, muchos de estos riesgos siguen estando relacionados con la forma en que las personas, socios, proveedores y organizaciones gestionan los accesos, la información y las decisiones en entornos digitales.
El impacto financiero también es expresivo. Cybersecurity Ventures estima que el ciberdelito costará al mundo 10,5 billones de dólares en 2025 y podría alcanzar 12,2 billones de dólares anuales para 2031. La misma fuente señala que estos costos incluyen destrucción de datos, dinero robado, pérdida de productividad, robo de propiedad intelectual, filtración de información personal y financiera, fraudes, interrupción operativa, investigación forense, restauración de sistemas, daños reputacionales, costos legales y eventuales multas regulatorias. Ante esta magnitud, la seguridad digital deja de ser solo un tema técnico y pasa a ser una cuestión de continuidad, competitividad y confianza.
En este contexto, la educación cibernética puede definirse objetivamente como el conjunto de conocimientos, habilidades y comportamientos que permiten a las personas utilizar tecnologías digitales de manera consciente, segura y responsable. La literatura sobre alfabetización digital y seguridad de la información sugiere que esta competencia implica no solo el dominio técnico, sino también la capacidad de reconocer riesgos, proteger datos personales, adoptar buenas prácticas y ejercer la ciudadanía en entornos conectados. Para las empresas, representa una reducción de riesgos operativos, un fortalecimiento de la protección de datos y un aumento de la confianza de clientes y colaboradores; para los consumidores, representa autonomía y una participación más segura en la economía digital.
La cuestión central, por lo tanto, no es sustituir tecnología por educación, sino integrar ambas. Una seguridad digital robusta exige arquitectura, gobernanza, monitorización, respuesta a incidentes, gestión de identidades y protección de datos. Pero exige igualmente pensamiento crítico, aprendizaje continuo, responsabilidad digital, ética en el uso de la información y conciencia sobre el impacto de las acciones individuales en entornos conectados. En un entorno marcado por rápidas transformaciones tecnológicas, los profesionales preparados para el siglo XXI combinan conocimientos básicos de seguridad digital con competencias humanas como el pensamiento crítico, la curiosidad intelectual, la capacidad de aprendizaje continuo y la responsabilidad.
Ventaja competitiva
Es en este punto que la educación cibernética se transforma en ventaja competitiva. Las organizaciones que educan continuamente a sus profesionales y clientes tienden a construir entornos más resilientes, reducir la exposición a incidentes, fortalecer la confianza en la relación digital y responder mejor a los cambios tecnológicos. Por el contrario, las empresas que tratan la seguridad solo como adquisición de herramientas permanecen vulnerables, aunque dispongan de tecnologías sofisticadas.
La cultura organizacional juega un papel decisivo en este proceso. Capacitaciones aisladas, campañas anuales y comunicaciones puntuales son importantes, pero no suficientes. La educación cibernética debe ser continua, contextualizada e integrada a las rutinas de trabajo. Debe estar presente en el liderazgo, en los procesos, en la comunicación interna, en la relación con proveedores, en el diseño de productos digitales y en la experiencia del cliente. La seguridad no puede ser percibida como responsabilidad exclusiva de las áreas técnicas; debe ser comprendida como una competencia transversal de la organización.
La transformación digital seguirá avanzando. Nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial generativa, la automatización avanzada, el internet de las cosas, la computación en la nube y los sistemas basados en datos, continuarán ampliando las posibilidades de innovación y eficiencia. Al mismo tiempo, también crearán nuevos vectores de riesgo.
El informe de IBM sobre el costo de las filtraciones de datos en 2025 destaca que la adopción de inteligencia artificial está superando la implementación de prácticas adecuadas de seguridad y gobernanza, aumentando la exposición de sistemas no gobernados. Este escenario refuerza que la discusión sobre seguridad debe acompañar la velocidad de la innovación.
El futuro de la economía digital dependerá, cada vez más, de la capacidad de las organizaciones para equilibrar tecnología, gobernanza y educación. La madurez digital no se definirá solo por las herramientas adoptadas, sino por la forma en que las personas e instituciones las utilizan. La confianza, elemento esencial para cualquier mercado, se construirá por la combinación entre infraestructura segura, legislación adecuada, procesos bien definidos y usuarios preparados.
La seguridad de la economía digital, por lo tanto, no comienza solo en los sistemas. Comienza en las elecciones que las personas hacen todos los días al interactuar con entornos digitales. Comienza en la decisión de verificar una información, proteger una credencial, cuestionar una solicitud inusual, comprender una política de privacidad o reconocer que la conveniencia y el riesgo a menudo van de la mano. En una sociedad cada vez más conectada, educar a las personas para que actúen con conciencia digital no es solo una medida preventiva. Es una condición para la sostenibilidad del negocio, para la protección de los consumidores y para el desarrollo de una economía digital más segura, confiable e inclusiva.
| Para tener acceso a las referencias de este texto haga clic aquí |
Quién publicó esta columna
Marcelo Uchôa








